"Una colecta de monstruos", en EL PERIÓDICO / EL ADELANTO DE SALAMANCA, 13 de abril de 2000.
Colecta de monstruos para Enrique Marty.
Víctor del Río
Algunos maquillajes consiguen crear la ilusión de la porcelana. Pero en el último momento siempre aparece en el rostro una textura que delata el empaste. A diario restauramos con cierta prisa a un personaje, más o menos el mismo todos los días, para salir a escena; pero los insomnes sabemos bien que cuando uno no ha dormido lo suficiente es posible ver a la gente más fea que de costumbre y descubrir las costuras o los granos malamente encubiertos. La mañana es en esto implacable y nos recuerda la tarea de ocultar la calvicie o esas raíces del pelo, tan insolidarias con el tinte de hace unas semanas. Es lamentable la decoloración que sufre el cuerpo humano por las mañanas, más que nada, por la ruina que supone para la autoconstrucción personal y para todos aquellos valores edificantes que tratan de recomponer el rostro como un emblema de la dignidad. Básicamente el desayuno de los días de diario, valga la redundancia, se desenvuelve entre coágulos de colacao, de mermelada, de leche y de otras sustancias que conforman en sí mismas un recuerdo de las viscosidades que acompañan a los alumbramientos.
Quizá toda la poética de Enrique Marty pudiera resumirse en Cabeza borradora, la película de David Lynch. Esto implica hablar de la sordidez líquida del cuidado. La paternidad es un imposible desapego de lo propio. El cuerpo da de comer al estigma que se abre como una boca desde la interioridad. El caso es aún más sangrante cuando hablamos de la madre. En ella la vinculación con el hijo se torna en una perpetua cura de la herida, una herida autónoma y viva. La paranoia de la convivencia doméstica reside en que la mayor parte de las veces las madres no paren hijos sino placentas. Algunas madres describen estados de ansiedad en el momento de dar el pecho, describen sentimientos de odio y alejamiento infinito de sus hijos que pronto se tornan dosis equivalente de ternura. Esta ciclotimia es propia de toda donación, máxime cuando el beneficiario puede verse como una conexión orgánica que succiona o como una hipoteca a treinta años.
Lo cierto es que los freaks, especie muy extendida en las ciudades de provincias, tienen en su deformación un lado perverso y otro simpático. La simpatía puede convertirse en mero interés científico. Hay un salto muy corto entre la contemplación de los niños como seres adorables y su visión como criaturas. Los niños se tornan criaturas cuando sangran o cuando tienen accidentes, en general, cuando quedan mutilados o cuando forman parte de cuadros catastróficos en las noticias. La sabiduría femenina tradicional no tarda en exclamar la palabra “criatura” ante la visión de los niños-monstruos. La tragedia del monstruo no reside tanto en su aspecto como en la impotencia para recibir y hacer llegar su generosidad. El freak es por esencia un donante anónimo. Los monstruos tratan de ser amables y su generosidad aplasta o repugna. El amante no correspondido, encarnación del mito de la bestia, se consuela con la idea de que posee una vida interior muy rica que nadie ha sabido ver.
Del mismo modo, y en virtud de esta confusión de los sentidos ante los gestos positivos o conciliadores, la “buena intención” acaba resultando igualmente monstruosa. El gran error de Nieves Herrero, en aquella mítica intervención del “gore” ante el suceso de “las niñas de Alcasser”, fue que todo su despliegue mediático pretendía ser un ejercicio de acompañamiento colectivo a las víctimas. En ese momento la donación se torna automáticamente perversa, y ella, que acudía después de haber confeccionado numerosos murales sobre el tercer mundo en su etapa escolar, se encontró con que su buena intención era rechazada y tomada por morbo malsano. Aquel evento histórico de lo siniestro alecciona sobre las virtudes contagiosas de la monsturosidad. Cuando miramos al abismo, el abismo nos devuelve la mirada.
En la película Alguien voló sobre el nido del cuco, el personaje que interpreta Jack Nicholson consigue escapar del sanatorio psiquiátrico ayudado por su amigo el indio gigante. Pero en lugar de huir del sanatorio se apropia del autobús que transporta a los enfermos de régimen abierto. Y se lleva a esa comitiva a una excursión en la que ellos ven a la gente normal desde las ventanas del autobús como si fueran turistas en ruta atravesando un zoológico. Después se apoderan de un barco para ir a pescar haciéndose pasar por un grupo de eminentes psiquiatras. Federico Fellini introduce en algunas de sus películas desfiles de personajes dispares acompañados por una banda de músicos. Freaks. La parada de los monstruos, es un clásico en el que toda la trama transcurre en una pequeña comunidad de personajes deformados por taras de nacimiento, todos ellos conforman una familia de circo en la que se protegen unos a otros... De todos los cuadros familiares, de la conjunción ancestral de una gorda con boa de plumas, un enano, un perro con gorro y un saltimbanqui, surge la certeza de que lo banal esconde un principio de monstruosidad. Las cuadrillas de freaks asociadas en la familiaridad confirman la sospecha de que la realidad es de serie “b”. |